viernes, 1 de noviembre de 2019

LA NOCHE DE TODOS SANTOS



         María estaba preocupada.
         Se acercaba el día de Todos Santos y como buena mexicana, quería rendirle tributo a sus difuntos poniendo un altar con imágenes de figuras religiosas y una ofrenda consistente en la comida que gustaba mucho a sus antepasados.
         Pero había un problema.
         Su marido Rafael.
         Su esposo era una persona que no creía ni en tradiciones ni en ninguna religión, pues pensaba que en esta vida todo lo que uno conseguía era producto de la suerte y no de estarle rezando a algún santo para obtener algún favor.
         El rudo señor trabajaba en el campo como la mayoría de los vecinos en el poblado que habitaba junto con su esposa María donde había heredado un terreno en el cual sembraba maíz. No le iba tan mal, pues su cosecha por lo regular era comprada por grandes empresas productoras de alimentos que pagaban un precio un poco arriba de lo justo, por lo que en teoría, el matrimonio debía tener una buena vida.
         Si a Rafael no le gustara tanto el alcohol.
         Su joven esposa recibía a regañadientes lo justo para los gastos de la casa por lo que la mayoría de su dinero prácticamente se iba al bolsillo del dueño de la cantina del pueblo. Rafael tenía la ventaja de la bondad de la tierra donde estaba ubicada su parcela, pues en realidad no necesitaba esforzarse demasiado para que las matas de maíz crecieran hasta alcanzar su madurez; debido a esto, en cuanto el campesino terminaba sus labores, inmediatamente sacaba parte de sus ganancias para gastárselas en la cantina, invitando la parranda a todo aquel que quisiera departir con él.
         Todo eso frustraba a María, pues no existe mujer a quien le guste competir con el alcohol que su pareja consume, pues sabe que al final terminara perdiendo. No habían tenido hijos pues Rafael consideraba que éstos representaban un gasto excesivo y tomando en cuenta que él prefería gastar su dinero en embriagarse, no tener descendencia le caía de perlas. María por su parte, deseaba con toda el alma tener niños pero a veces pensaba que era mejor así, pues no quería traer chiquillos al mundo para sufrir su mismo calvario. Pensaba ingenuamente como todas las esposas jóvenes que con el tiempo su esposo iba a cambiar, dejando la juerga de lado para sentar cabeza y volverse un auténtico hombre de familia.
         Pero el campesino no daba ninguna señal de cambio; de hecho, cada vez iba de mal en peor.
         Todos los años era lo mismo; María le pedía dinero para poner la ofrenda a sus muertos mientras Rafael se negaba una y otra vez. A insistencia de su esposa, a veces le soltaba unos cuantos pesos para comprar un par de veladoras y algo más para preparar los platillos que ella sabía gustaba mucho a sus difuntos, lo cual animaba un poco a la señora, pero en esta ocasión cuando por la mañana del primero de noviembre le pidió lo necesario para celebrar la fecha conmemorativa, su marido se negó rotundamente a soltar dinero, diciéndole:
         -¡Pero es que no entiendo porque esa maldita obsesión de “atender bien” a los difuntos; hacerles de comer como si estuvieran vivos y llevarles flores a sus tumbas!-.
         Y añadió enojado:
         -¡Si de todos modos ya están muertos!-.
         Su esposa al principio guardó silencio, por lo que él burlándose exclamó:
         -¡Es más, las flores son un desperdicio de dinero! Si quieres que tengan hierbas en sus tumbas, con el pasto que crece encima de ellas es más que suficiente-.
         Al escuchar eso, María dijo comenzando a sollozar:
         -¡Lo sé!, pero es una manera de demostrarles que no los hemos olvidado-.
         Y completó desesperada:
         -¡De mi mamá no tengo ni siquiera una foto; por lo menos así siento que está más cerca de mí!-.
         Su marido no se dejó convencer y explicó:
         -¡Esas son tonterías! Además, este año no ha llovido como debe ser y no creo sacar las ganancias de costumbre-.
         Ella se quejó:
         -No tienes para la ofrenda pero si tienes para irte a emborrachar con tus amigotes ¿Verdad?-.
         El campesino, completamente enfurecido le gritó:
         -¡Nada mas eso me faltaba! Que después de partirme el lomo todos los días en la parcela no tenga derecho de tener una “distracción”-.
         Su esposa también subió el tono de voz y replicó:
         -¡Sí, pero esa “distracción” nos tiene en la pobreza total!-.
         Rafael se quedó sorprendido pues su esposa jamás había osado hablarle así, por lo que se quedó callado mientras ella continuaba:
         -¡Mírame! Ando vestida con harapos al igual que tú; y en cuanto a la comida con trabajos tenemos algo que llevarnos a la boca. ¿Cómo es posible que todos tus amigos que tienen una parcela más chica que la tuya viven mejor que nosotros?-.
         Y finalizó:
         -¡Ve la diferencia entre sus casas y la nuestra; vivimos en una pocilga!-.
         Fue más de lo que Rafael podía soportar.
         Se acercó a su joven esposa y le dio una fuerte bofetada, lo que ocasionó que ella cayera en una desvencija silla para taparse la cara y comenzar a llorar, mientras él la amenazaba:
         -¡Yo soy el señor de la casa y aquí se hace lo que yo diga porque yo soy el que trabaja para mantenerte!-.
         Ella contestó débilmente:
         -Yo también trabajo haciendo la comida y la limpieza de la casa-.
         Rafael comenzó a reír y dijo burlonamente:
         -¡Eso no es trabajo!-.
         Y añadió con arrogancia:
         -¡Trabajo es el que hago yo!-.
         Como ella ya no le contestó dijo de manera autoritaria:
         -¡Y de puro coraje me voy a la cantina, así que no me esperes en un muy largo rato!-.
         Y se salió dando un portazo.
         Iba enfurecido.
         ¿Cómo era posible que su mujer se atreviera a reclamarle, después de que gracias a su trabajo, ella no tenía que trabajar para subsistir?
         Además, se le hacía ridículo gastar dinero en comida y veladoras para gente que ya estaba muerta; claro que después de que supuestamente los difuntos se regresaran a donde pertenecían, la comida era consumida por los vivos, pero eso a él no le importaba, pues mientras tuviera dinero para emborracharse, no le molestaba comer cualquier cosa durante toda la semana.
         Rafael nunca había creído en la religión pues era tan arrogante que solo creía en sí mismo, por lo que la idea de rendirle tributo a los parientes muertos se le hacía una ridiculez; María por su parte, era ferviente católica por lo que cada que podía le rezaba a los santos así como a sus antepasados, pidiéndoles a todos protección contra las duras dificultades de la vida.
         “Como si la vinieran a cuidar”, pensaba él.
         Con el enojo todavía dentro de su corazón, consideraba una maldición haberse casado con una mujer a la que todos sus parientes habían fallecido; él tampoco tenía familiares vivos, pero a diferencia de su mujer, no le interesaba ocuparse de sus muertos.
         Horas después, ya completamente ebrio seguía quejándose de lo mismo con sus compañeros de parranda; estos, a pesar de compartir el gusto por la borrachera tenían ideas diferentes a Rafael, pues profesaban la fe católica, por lo que le decían:
         -No compadre, está usted mal; siempre es bueno recordar a los muertos pues hay que enorgullecerse de donde viene uno-.
         El necio campesino no se amilanó y replicó:
         -¡Los muertos, muertos están compadre! Es mejor ocuparse de nosotros que todavía estamos vivos-.
         Exclamó despectivamente:
         -Los muertos nos visitan; ¡Soberana estupidez!-.
         Su compadre contestó seriamente:
         -¡Es cierto compadre! ¿Por qué cree que estos días la gente está más contenta que en todo el año? Porque sus difuntitos vienen para ver que estamos bien-.
         Rafael se empinó el vaso de aguardiente que tenía entre las manos y añadió con burla:
         -Bueno, y si no les pongo ofrenda ¿Van a venir a asustarme en la noche?-.
         El compadre, completamente asustado se persignó y dijo:
         -¡Ni Dios lo mande compadre!-.
         Y dejaron el tema por la paz.

         María estaba muy afligida.
         No sabía qué hacer para completar la ofrenda para sus muertos.
         En la mesa de madera que ocupaban para comer había puesto su cuadro de la Virgen de Guadalupe así como uno de Cristo Rey; añadió una imagen de San Miguel Arcángel pues su mamá siempre le rezaba cuando tenía algún problema por lo que María también le tenía mucha devoción, así que se le hincó y entrelazando su manos suplicó con lágrimas en los ojos:
         -¡San Miguelito ayúdame! Dime como le puedo hacer para recibir a mis difuntos y que no se den cuenta de la vida tan horrible que tengo-.
         Y se puso a rezar fervorosamente.
         Después de varios minutos de plegarias se decidió a realizar lo único que podía hacer.
         Tomo la olla donde preparaba la comida y la contempló.
         Ese día para comer había hervido quelites, unas pequeñas plantas que crecen libremente en el campo y que al cocinarse obtienen un sabor dulce y agradable; pensó que al no tener nada más, eso era lo que les podía ofrecer a sus parientes muertos.
         “Después de todo, a mi familia siempre les gustaron los quelites”, pensó mientras sonreía tristemente.
         Como solo tenía dos platos en los cuales comían ella y su marido, salió al patio de su casa y cortó algunas pencas de maguey las cuales después de lavarlas, las colocó en la ofrenda donde se dispuso a servir las plantas cocinadas. Con lo único que acompañó la frugal comida fue con algunos jarritos llenos de agua.
         Pensando que por lo menos lo del alimento estaba solucionado, así que comenzó a cavilar como podía resolver el problema de las veladoras.
         De repente una idea entró a su cerebro.
         Corrió hasta el fogón donde acostumbraba calentar su comida y hurgó entre la leña hasta encontrar lo que buscaba.
         Era un enorme pedazo de ocote.
         El ocote es una madera suave y aceitosa la cual, al acercarle un cerillo inmediatamente se enciende por lo que la gente la utiliza para hacer fuego; arrojan en sus fogones grandes cantidades de madera añadiendo un pedazo de ocote en medio, provocando que los demás leños comiencen a arder.
         La joven señora cortó el ocote en pedazos de aproximadamente treinta centímetros de largo por tres de ancho y cuando contó diecisiete, se dio cuenta que tenía los suficientes para sus difuntos así como los de su esposo, pues no pensaba dejarlos fuera de la ofrenda; con un pequeño lápiz escribió en cada uno de los trozos el nombre de alguno de sus muertos hasta llegar al último donde escribió: “Ánima sola”. Sonrió satisfecha pues la vela a la que se le pone esa frase está dedicada a todos los difuntos que no tienen nadie que les encienda una veladora.
         Encendió todos los pedazos de ocote sintiéndose contenta; se asomó para ver el sol que se encontraba casi en todo lo alto mientras pensaba que había terminado a tiempo, pues según la tradición, los muertos llegan el primero de noviembre al medio día para retirarse el día dos a la misma hora.
         Se dedicó a hacer algo de limpieza a su casa mientras conforme pasaba el tiempo se iba sintiendo más y más feliz; sentía como una extraña alegría inundaba su cuerpo, su mente y su corazón.
         Sintió como si fuera una niña otra vez y estuviera en medio de una fiesta familiar; todos sus parientes, incluyendo padres, hermanos  y primos estaban ahí. Se imaginaba como todo departían entre sí y que ella era la festejada, pues todos la veían con una sonrisa en la cara.
         Le dieron ganas de moverse por lo que empezó a bailar en medio de la humilde estancia; sentía que bailaba con toda su familia; reía sin parar imaginando como todos, hombres y mujeres se turnaban para bailar con ella escuchando la imaginaria melodía.
         Anochecía cuando bañada en sudor, decidió irse a dormir por lo que se acercó a su sencilla ofrenda para persignarse y con una amplia sonrisa en la cara dijo en voz alta una simple palabra:
         “Gracias”.
         Se fue a la pequeña habitación que utilizaban ella y su marido para dormir y mientras se tapaba con la raída frazada que utilizaba como cobija, se dio cuenta que un par de lágrimas recorrían sus mejillas.
         Eran lágrimas de felicidad.
         Cerró los ojos e inmediatamente se quedó dormida para comenzar a soñar cono todos sus parientes los cuales, ahora muertos habían regresado a visitarla.
         Por primera vez en su vida, sintió que no estaba sola.

         Rafael apenas podía detenerse.
         Estaba tan alcoholizado que cuando entro al patio  de su casa pasada la media noche, se tuvo que agarrar de la pequeña puerta de madera; respiraba con dificultad tratando de recuperar el equilibrio cuando aguzó el oído.
         Se oían voces en el interior de su casa.
         “Esa bruta de María está con gente de seguro rezando; pero ahorita que llegue los corro a todos” pensó estúpidamente.
         Tomó un pesado tronco de madera y se dirigió lo más rápido que le permitía la borrachera a la puerta de su casa para abrirla violentamente.
         Jamás imaginó lo que se iba a encontrar.
         Una extraña luz alumbraba la estancia, haciendo la habitación más brillante; Rafael dejó caer el madero que traía en sus manos para contemplar el espectáculo.
         Todos los difuntos de su esposa así como los suyos se encontraban dentro de su casa.
         Reconocía a todos y cada uno de ellos a pesar de la apariencia semitransparente que mostraban; hermanos, tíos y demás parentela departían en medio de risas mientras se formaban frete al altar para tomar su ración de quelites y tomar su correspondiente pedazo de ocote.
         Sin salir de su asombro, vio como un desconocido quien portaba su vela de ocote se le acercaba sonriendo; cuando estuvo frente al ebrio campesino, éste se dio cuenta con asombro como a través del extraño ser podía ver la estancia, pues la apariencia del hombre era casi transparente. Bajó la mirada a su ocote y abrió los ojos desmesuradamente cuando leyó en el pedazo de madera: “Ánima sola”.
         El desconocido le dijo con una coz suave y afectuosa:
         -Hola Rafael, te agradecemos tu hospitalidad; ¿Quieres unirte a la fiesta?-.
         El mencionado solo atinó a entrar en su casa para contemplar la escena que su mente se negaba a asimilar; cuando todos los presentes se dieron cuenta de su presencia, se le acercaron unos para saludarlo, otros para preguntarle por la vida en el pueblo y algunos más incluso le daban consejos para conseguir una mejor cosecha. Rafael solo contestaba con monosílabos como si estuviera en medio de un sueño sin darse cuenta del paso de las horas, hasta que volteó a su derecha para gritar al borde del desmayo:
         -¡Madre!-.
         Una anciana sentada en una silla junto al altar con un jarro de agua en una mano y un pedazo de maguey en la otra lo miraba con una dulce sonrisa en el pálido rostro; el rudo campesino corrió y cayó de rodillas frente al espectro para decirle en medio de lágrimas:
         -¡Madre, no sabes cuánto te he extrañado!-.
         Ella dijo suavemente sin abandonar su sonrisa:
         -Lo sé hijo, por eso hemos venido a visitarte-.
         Rafael sin levantarse del suelo, escuchó a la aparición decirle:
         -Pero ha llegado el momento de irnos porque todavía hay mucha gente a la que también queremos visitar-.
         Él dijo desesperadamente:
         -¡No, no se vayan; quédense conmigo!-.
         La señora le contestó dulcemente:
         -Regresaremos el año que viene-.
         Y añadió:
         -Siempre y cuando te portes bien-.
         Y uno a uno, los visitantes comenzaron a desaparecer; cuando él último se desvaneció Rafael se asomó a la puerta para darse cuenta que empezaba a amanecer.

         María entre sueños escuchaba gemidos por lo que se levantó rápidamente para encontrar a su esposo sentado en el suelo en medio de la habitación, llorando como un niño; se le acercó y le preguntó preocupada:
         -¡Rafael, Rafael! ¿Qué te pasó?-.
         Éste se aferró como desesperado a su esposa y dijo lastimeramente:
         -¡Mi familia María; mis parientes y los tuyos!-.
         La señora no contestó por lo que añadió:
         -¡Estuvieron aquí!-.
         María también comenzó a llorar mientras abrazaba a su marido, consolándolo como si fuera una madre con su hijo y simplemente le dijo:
         -Lo sé-.
         Rafael levanto la llorosa cara para preguntar sorprendido a su joven esposa:
         -¿Tú también los viste?-.
         Ella sonrió ampliamente y exclamó:
         -No, pero los sentí-.
         Y se abrazaron llorando ambos.
         En eso, como impulsado por un resorte, el hombre se levantó diciéndole a María:
         -¡Vamos!-.
         Ella dijo extrañada:
         -¿A dónde?-.
         Él contestó emocionado:
         -¡Al panteón; hay que ir a dejarles flores a nuestro difuntos!-.
         Y se dirigieron al camposanto encontrándose a la mayoría de amigos y vecinos quienes alegremente convivían mientras les dejaban ofrendas a sus antepasados muertos; María veía alegremente como Rafael vigorosamente utilizaba la pala para quitar la hierba de las tumbas de sus parientes para después depositar con toda solemnidad los enormes ramos de flores que previamente habían comprado.

         A partir de ese año, María y su esposo organizan una fiesta cada primero de noviembre a la cual invitan prácticamente a todo el pueblo; Rafael dejó de escatimar el dinero para la vida diaria dejando de lado el alcohol por lo que para su festividad, él y su esposa acostumbran preparar grandes cantidades de comida para los invitados así como todos los suculentos platillos que acostumbraban disfrutar sus difuntos y ponerlos en la enorme ofrenda que ahora instalan en su casa. Incluso hasta compró un pequeño radio que utilizan para escuchar música y con el cual todos se ponen a bailar gran parte de la noche.
         Eso sí; hay algo en la ofrenda que nunca falta:

         Un plato de quelites y un pedazo de ocote que alumbra la casa durante toda la noche.
         La noche de Todos Santos.