sábado, 1 de junio de 2019

EL TESORO DEL MUERTO



         Esta historia ocurrió a mediados del siglo pasado, cuando la situación de la mayoría de los mexicanos apenas empezaba a repuntar después de la serie de conflictos armados producto de la pasada Revolución. Muchísima gente apenas podía salir adelante con lo poco que podía ganar, producto de su trabajo; este era el caso de José, quien cargaba pacas de forraje en una tienda que se encontraba ubicada en una región del norte del país. El trabajo apenas le daba lo suficiente para mantenerse él y su joven esposa y a pesar de ser una actividad muy pesada José, quien todavía no llegaba a los veinte y cinco años de edad podía desempeñarlo bien; además, venía de una familia que siempre le había inculcado la idea de que todas las cosas se podían conseguir pero solo a base de duro esfuerzo.
         Con base en esas circunstancias, el joven disfrutaba su trabajo a pesar de que, entre otras cosas, tenía que caminar aproximadamente una hora por las mañanas poco después de salir el sol y por las tardes, cuando se acumulaban los pedidos, regresaba a su hogar cuando ya la noche había caído en su totalidad.
         En una de esas ocasiones en que regresaba después de una dura jornada, a medio camino lo alcanzó la oscuridad nocturna por lo que aceleró el paso; antes de llegar a la entrada de su pueblo tenía que cruzar un llano por una pequeña vereda que en cierta parte tenía a sus orillas unos enormes paredones de lo que anteriormente había sido una imponente hacienda. Dicha construcción había sido casi destruida a causa de los combates de la anterior guerra interna que había sufrido el país, por lo cual el colosal edificio aun mostraba las huellas de las antiguas escaramuzas; incluso todavía se podían apreciar los hoyos que habían dejado los proyectiles incrustados en los altos y ahora descarapelados muros.
         José conocía de sobra la hacienda ya que incluso de pequeño había jugado ahí con algunos de los hijos de los lugareños, todos los cuales habían ido en varias ocasiones a explorar el lugar para intentar dar con los supuestos tesoros que en el pueblo se rumoraba, habían dejado enterrados los antiguos dueños. Asimismo, también se comentaba que la hacienda ahora era habitada por espíritus malignos; había relatos de personas que habían escuchado gritos en su interior y que incluso se veían sombras por las noches. José jamás escuchó ni vio nada, por lo que lo consideraba parte de las leyendas que acompañan la historia de los pueblos antiguos.
         Sin embargo, su postura al respecto estaba a punto de cambiar.

         Volviendo a la historia actual, el joven caminaba despreocupadamente rumbo a su casa, cuando comenzó a sentir frío en el ambiente; como apenas comenzaba el mes de agosto le extrañó sentir el aire gélido que le calaba el cuerpo, pues a pesar de no tener el calor de la primavera, tampoco se trataba de los fríos días de fin de año, por lo que solo llevaba una ligera chamarra raída sobre sus hombros la cual intentó abrochar para poder soportar la disminución de la temperatura.
         Después de ajustar los botones de su humilde prenda, levanto la vista hacia el camino y de reojo vio una luz que provenía de la antigua finca, por lo que se detuvo a media vereda. Enfocó bien la vista y se dio cuenta que la luz efectivamente salía del tétrico lugar y aguzando la vista, pudo notar que provenía de una especie de flama. Le extrañó sobremanera lo que estaba viendo, ya que sabía que nadie del pueblo se atrevía a invadir los terrenos de la hacienda por las noches debido a las leyendas de espantos que se contaban; pensó que tal vez sería un fuereño el cual sin conocer la historia de la propiedad, había decidido pasar la noche en su interior. Aun así, con la curiosidad propia de la juventud pensó ir a investigar por lo que se dirigió a la hacienda, cuya silueta se recortaba majestuosamente en la oscuridad de la noche carente de la luz de la luna, la cual parecía también contagiada del temor que imponía la antigua edificación, ya que solo se asomaba tímidamente entre las nubes del cielo.
         Cuando José entró en el patio de la antigua casona, solo se oían sus pasos sobre las piedras que adornaban el camino de entrada de la estancia principal y cuando llegó a ella se detuvo dudando; dudó si estaba haciendo lo correcto al ir a curiosear el origen de lo que había visto mientras se escuchaba el ulular del aire al pasar por entre las ramas de los enormes árboles que rodeaban la finca, de los cuales sabía que habían sido utilizados en la pasada Revolución para ahorcar a los enemigos del gobierno; él nunca había sido un cobarde pero por si acaso, recogió un grueso pedazo de madera para defenderse en el caso de encontrarse ante algún peligro.
         Cuando llegó ante el primer paredón le dio la vuelta por la esquina y vio que aproximadamente a unos diez metros de él había una flama de fuego que salía directamente del suelo, exactamente sobre una loza de cemento de unos dos metros de diámetro; era una pequeña llamarada que subía unos cincuenta centímetros de color azul y que oscilaba de manera hipnotizadora, por lo que el joven detuvo su camino para contemplarla expectante. Dirigió su mirada hacia el suelo donde nacía dicho fenómeno pero no vio nada que pudiera alimentar dicho fuego, pues solo se encontraba el suelo de cemento, sin ver nada que pudiera provocar la combustión.
         Recordó que en algunas ocasiones los viejos del pueblo contaban que cuando se ven esas formas extrañas era porque un muerto estaba dispuesto a entregar su dinero a quien estuviera dispuesto a recibir dicho tesoro en medio de la noche; José nunca había sido ambicioso por lo que no quiso acercarse más, pero además lo atacó otro pensamiento: ¿Qué pediría el dueño del dinero a cambio de entregar su fortuna?
Decidió que era algo que tenía que reflexionar a fondo por lo que se dio la media vuelta alejándose rápidamente, retomando el camino a su casa.
         Al otro día seguía intrigado por lo que le había ocurrido, así que buscó el consejo del dueño de la tienda donde trabajaba. Su patrón era don Epifanio, viejo curtido y de malos modales, quien siempre había tenido fama de avaro, ya que a pesar de que su negocio le daba muy buenas ganancias, siempre buscaba inflar los precios de sus mercancías, sin importar si la gente podía pagarlas o no. Cuando José le platicó su reciente aventura lo miró seriamente y le dijo:
         -¿Así que crees haber visto la señal del muerto muchacho?-.
         El joven contestó tímidamente:
         -Pues sí, pero en realidad no sé de qué se trata; ¿Es cierto que el muerto me está ofreciendo su dinero?-.
         El viejo taimado pensó unos momentos y le dijo despectivamente:
         -Mira, no sé de donde saque esas ideas estúpidas la gente, pero yo te aconsejo que no te metas en camisa de once varas y si de verdad quieres dinero, mejor ponte a trabajar-.
         Y antes de que su empleado pudiera añadir algo, don Epifanio concluyó con desprecio:
         -Ya déjate de tonterías y descarga los bultos de forraje que nos acaban de traer, porque no se van cargar solos-.
         Lo que José no sabía era que el viejo Epifanio ya tenía trazado un plan.

         En cuanto llegó la media noche, el viejo avaro tomo un pico y una pala y montando su mejor caballo, emprendió el camino hacia la derruida finca. En cuanto llegó mas tardó el caballo en detenerse, cuando el ambicioso anciano ya había brincado del animal y casi corriendo llegó hacia el lugar donde le había descrito José que había visto la flama; dicho fuego ya no estaba, pero el viejo conociendo las antiguas leyendas, encendió una lámpara de petróleo que también llevaba, tomo el pico y comenzó a destruir la loza de cemento; golpeaba tan fuerte que incluso los impactos de la herramienta levantaban chispas que brillaban en la oscuridad, mientras el avaro resoplaba producto del esfuerzo que realizaba. Cada que daba un golpe, su sonrisa crecía más y más ya que sabía que estaba a punto de ser rico; comenzaba a pensar en que se iba a gastar su tesoro, por lo que no hacía caso del sudor que le corría por la cara y que caía entre las piedras que botaban del suelo al escarbar con su pico. Cuando hubo terminado de romper la dura estructura, tomo su pala y escarbó dándose cuenta que la tierra cada vez se notaba más blanda, otra señal de que estaba a punto de llegar a la fortuna prometida.
         Cuando su utensilio chocó con algo sólido comenzó a reír a carcajadas las cuales le daban a su feo rostro un aspecto siniestro al ser alumbrado por la tenue luz de su lámpara de petróleo, pues sabía que estaba a punto de llegar a su objetivo. Se hincó y siguió escarbando con sus manos desesperadamente; no le importó que con uno de los movimientos de sus dedos se arrancara un par de uñas ya que su ambición lo dominaba; se agachó más mientras abría desmesuradamente los ojos y un hilo de saliva le caía de la boca, yendo a parar entre la tierra que arrojaba desesperado desde el hoyo recién escarbado.
         Entonces sus dedos tocaron algo sólido por lo que afianzó bien sus manos y sacó un enorme jarrón de barro, tapado con un pedazo de  tela amarillenta que se encontraba amarrada con un raído lazo. Lo sacó completamente y tomó un pequeño cuchillo cortando la atadura rápidamente para separar la tela del jarrón mientras jalaba la lámpara para alumbrar el contenido esperando deslumbrarse con el brillo del oro, plata o cualquier otro metal precioso que contuviera el recipiente.
         Estaba a punto de meter la mano en el jarrón cuando se detuvo pues sintió que no se encontraba solo.
         Levantó la mirada y vio que había una sombra parada enfrente de él mostrando una sonrisa macabra.
         La sombra dijo con voz cavernosa:
         -¿Así que tú vienes por mi dinero verdad?-.
         Don Epifanio contestó al borde del desmayo:
         -…Si, cumplo con la tradición y vengo a media noche para poder recibirlo-.
         La sombra soltó una infernal carcajada y le informó:
         -Si me hablas de tradiciones entonces se te está olvidando la más importante-.
         El viejo avaro comenzó a temblar violentamente de miedo y con un hilo de voz preguntó:
         -¿Y esa cuál es?-.
         La sombra simplemente dijo:
         -Que el dinero no te lo ofrecí a ti-.
         En cuando terminó de decir esas palabras, la tierra donde había escarbado don Epifanio comenzó a hundirse; el codicioso anciano intentó levantarse pero la tierra comenzó a succionar sus pies mientras él estiraba sus manos de manera inútil buscando algo a que aferrarse.
         Cuando la tierra le llegó al cuello lo último que se escuchó del viejo avaro fue un alarido de terror en medio de la noche.